Qué es la inmunoterapia y la terapia dirigida, explicadas en palabras sencillas

Una de las preguntas más frecuentes en oncología hoy es: "Doctor, leí sobre la inmunoterapia, ¿yo puedo recibir ese tratamiento?".
Es una pregunta muy razonable. En los últimos años, la inmunoterapia ha cambiado la forma de tratar varios tipos de cáncer. En algunos pacientes ha logrado respuestas muy importantes, incluso en enfermedades avanzadas. Pero también ha generado mucha confusión. A veces se mezcla con la quimioterapia, con la terapia dirigida o con tratamientos que se promocionan en internet sin respaldo científico.
En este artículo queremos explicar, en palabras simples, qué es la inmunoterapia, en qué se diferencia de la terapia dirigida y por qué no todos los pacientes se benefician de estos tratamientos.
Una idea distinta a la quimioterapia
Durante muchos años, cuando se hablaba de tratamiento contra el cáncer, la primera palabra que aparecía era quimioterapia.
La quimioterapia usa medicamentos que atacan células que se multiplican rápido. Como muchas células cancerosas se dividen con rapidez, la quimioterapia puede destruirlas o frenar su crecimiento. El problema es que en el cuerpo también hay células sanas que se multiplican rápido, como las del pelo, la piel, la médula ósea o el tubo digestivo. Por eso algunos pacientes pueden tener caída del pelo, náuseas, anemia o baja de defensas.
La inmunoterapia funciona con otra lógica. En vez de atacar directamente al tumor, busca ayudar al propio sistema inmune del paciente a reconocer y atacar el cáncer.
El sistema inmune es el conjunto de defensas del cuerpo. Todos los días nos protege de virus, bacterias y células anormales. Pero con el cáncer la situación es más compleja.
¿Por qué el sistema inmune no siempre ataca al cáncer?
El cáncer no viene desde afuera, como una infección. Nace de células propias del cuerpo que, con el tiempo, acumulan cambios o mutaciones y se transforman en células malignas.
Eso hace que el sistema inmune tenga una tarea difícil. Por una parte, debe respetar las células normales del cuerpo. Por otra, debe detectar cuándo una célula propia se ha vuelto peligrosa.
Al comienzo, algunas células cancerosas pueden pasar desapercibidas. Con el tiempo, muchas acumulan tantos cambios que empiezan a mostrar señales anormales. En teoría, el sistema inmune debería reconocerlas y atacarlas.
Pero muchos tumores aprenden a esconderse. Algunos se camuflan como células sanas. Otros liberan sustancias que debilitan las defensas. Y otros usan a su favor ciertos mecanismos naturales que tiene el sistema inmune para no activarse de más. Esos mecanismos son muy importantes para entender la inmunoterapia moderna.
Los "frenos" del sistema inmune
El sistema inmune necesita atacar amenazas, pero también necesita controlarse. Si estuviera siempre activado, podría dañar órganos sanos y producir enfermedades autoinmunes.
Por eso el cuerpo tiene frenos naturales. En medicina se llaman puntos de control inmunológico (en inglés, immune checkpoints). Su función normal es evitar que las defensas se pasen de la raya.
El problema es que algunos tumores aprenden a usar esos frenos para protegerse. Por ejemplo, un linfocito T, que es una célula de defensa, puede acercarse al tumor para atacarlo. Pero la célula tumoral puede activar una señal de apagado en ese linfocito. El resultado es que la defensa queda bloqueada, agotada o deja de atacar.
En otras palabras, el sistema inmune llegó hasta el tumor, pero el cáncer logró apagarlo.
Cómo actúa la inmunoterapia
La inmunoterapia más usada hoy en muchos tipos de cáncer busca soltar esos frenos.
Estos medicamentos se llaman inhibidores de punto de control inmunológico (en inglés, immune checkpoint inhibitors). Son anticuerpos diseñados para bloquear las señales que el tumor usa para apagar al sistema inmune.
Uno de los mecanismos más conocidos es el eje PD-1 y PD-L1. PD-1 es una proteína que está en algunos linfocitos T y funciona como un interruptor de apagado. PD-L1 es una proteína que puede estar presente en las células tumorales. Cuando PD-L1 se une a PD-1, el linfocito recibe una señal para frenar su ataque.
Medicamentos como pembrolizumab y nivolumab bloquean PD-1. Otros, como atezolizumab y durvalumab, bloquean PD-L1. Al impedir esa conexión, ayudan a que el sistema inmune vuelva a reconocer y atacar el tumor.
Otro punto de control importante es CTLA-4. Ipilimumab fue uno de los primeros medicamentos en bloquear este freno y abrió el camino para el desarrollo de nuevas inmunoterapias.
Aunque estos tratamientos actúan sobre moléculas distintas, la idea general es parecida: impedir que el cáncer apague las defensas del cuerpo. Este descubrimiento fue tan importante que cambió la historia del tratamiento de varios tumores y les valió el Premio Nobel de Medicina en 2018 a James Allison y Tasuku Honjo.
¿Y qué es la terapia dirigida?
Aquí aparece una confusión frecuente. Inmunoterapia y terapia dirigida no son lo mismo. Ambas pueden sonar como tratamientos modernos o personalizados, pero funcionan de manera distinta.
La terapia dirigida es un tratamiento que ataca directamente una característica específica de la célula cancerosa. Por ejemplo, algunos tumores tienen una mutación o una proteína que les da la señal de crecer. Si se encuentra esa alteración, a veces existe un medicamento diseñado para bloquearla.
Para usar una terapia dirigida, generalmente hay que estudiar antes el tumor. Esto se hace con exámenes que buscan biomarcadores. Un biomarcador puede ser una mutación, una proteína u otra característica medible del cáncer. Si el tumor tiene esa característica, la terapia dirigida puede tener sentido. Si no la tiene, probablemente ese medicamento no servirá.
La inmunoterapia, en cambio, no busca bloquear directamente una mutación del tumor. Su objetivo es ayudar al sistema inmune a volver a reconocer y combatir el cáncer.
Dicho de forma simple: la terapia dirigida ataca una debilidad específica del tumor; la inmunoterapia ayuda a tus defensas a atacarlo.
¿Le sirve a todos los pacientes?
No. Y esta es una de las cosas más importantes que hay que entender.
La inmunoterapia no funciona en todos los cánceres ni en todas las personas. Para que funcione, el tumor debe tener ciertas características que permitan que el sistema inmune lo reconozca y lo ataque.
Algunos tumores suelen responder mejor que otros. Por ejemplo, el melanoma, el cáncer de riñón y algunos tipos de cáncer de pulmón han mostrado buenos resultados con inmunoterapia. En otros cánceres, el beneficio puede ser menor o depender mucho de marcadores específicos.
Uno de los exámenes que se usa en algunos casos es la medición de PD-L1 en el tumor. En general, cuando un tumor expresa más PD-L1, puede haber mayor probabilidad de respuesta a ciertos tratamientos de inmunoterapia.
Pero esta prueba no es perfecta. Hay pacientes con PD-L1 bajo que responden, y pacientes con PD-L1 alto que no responden. Por eso la decisión no depende de un solo resultado. También importan el tipo de cáncer, la etapa, los tratamientos recibidos antes, el estado general del paciente y otros estudios del tumor.
Respuestas que pueden durar mucho tiempo
Una de las razones por las que la inmunoterapia generó tanto entusiasmo es que, en algunos pacientes, las respuestas pueden ser muy duraderas.
Con muchos tratamientos tradicionales, el efecto dura mientras el medicamento logra controlar directamente el tumor. Con la inmunoterapia, en algunos casos, el sistema inmune queda reactivado y puede mantener el control de la enfermedad por largo tiempo. Por eso existen pacientes con cáncer avanzado que han tenido respuestas durante años, incluso después de suspender el tratamiento.
Esto no significa que la inmunoterapia cure a todos los pacientes. No es una solución milagrosa. Pero sí abrió una posibilidad que antes era mucho menos frecuente: lograr controles prolongados de la enfermedad en algunos cánceres avanzados.
¿Es más segura que la quimioterapia?
La inmunoterapia tiene efectos secundarios distintos a los de la quimioterapia.
En general, los inhibidores de punto de control suelen ser bien tolerados. Muchos pacientes no tienen caída del pelo, náuseas intensas o baja marcada de defensas como puede ocurrir con algunas quimioterapias. Pero eso no significa que no tengan riesgos.
Como estos tratamientos activan el sistema inmune, a veces las defensas pueden atacar tejidos sanos. A esto se le llama efectos adversos inmunomediados. Algunos son leves, como picazón, sarpullido o alteraciones de la tiroides. Otros pueden ser más serios, como inflamación del pulmón, del hígado, del intestino, del riñón o de otros órganos.
La mayoría de estos efectos tiene tratamiento si se detecta a tiempo. Por eso es importante avisar al equipo médico ante cualquier síntoma nuevo, aunque parezca poco importante.
La inmunoterapia no es una sola cosa
Cuando se habla de inmunoterapia, muchas veces se piensa solo en los inhibidores de PD-1, PD-L1 o CTLA-4. Pero el término incluye varios tipos de tratamientos.
- Vacunas terapéuticas contra el cáncer: buscan enseñarle al sistema inmune a reconocer características del tumor. Algunas tienen usos específicos, pero muchas siguen en investigación.
- Citoquinas e interferón: estimulan el sistema inmune de forma potente. Se usaban más antes de la llegada de los inhibidores de punto de control y hoy se reservan para situaciones puntuales.
- Terapias celulares, como CAR-T: en este tratamiento se extraen células de defensa del paciente, se modifican en un laboratorio para que reconozcan mejor el cáncer y luego se devuelven al cuerpo. Han tenido resultados muy importantes en algunos cánceres de la sangre, y se siguen investigando en tumores sólidos.
Todas estas estrategias comparten una misma idea: usar el sistema inmune como parte del tratamiento contra el cáncer.
Cuidado con las "inmunoterapias milagrosas"
Como la palabra inmunoterapia se ha vuelto conocida, también se ha usado de forma engañosa.
En internet, redes sociales o cadenas de WhatsApp pueden aparecer tratamientos que se promocionan como "inmunoterapia natural", "activación inmune", "vacunas personalizadas" o "cura inmunológica", sin estudios serios que demuestren que funcionan.
Esto es delicado. Una persona con cáncer está en una situación vulnerable, y es comprensible que quiera buscar todas las alternativas posibles. Pero algunos de estos tratamientos pueden ser inefectivos, muy costosos e incluso peligrosos.
La recomendación es conversar siempre con un equipo oncológico serio y confiable, idealmente en centros donde se usen tratamientos con respaldo científico real.
Por qué importan los estudios clínicos
Muchos avances en inmunoterapia y terapia dirigida llegaron primero a los pacientes a través de estudios clínicos.
Un buen ejemplo es lo que ocurrió con el melanoma avanzado. Hasta hace no tantos años, cuando el melanoma se diseminaba a otros órganos, las opciones de tratamiento eran muy limitadas y el pronóstico solía ser muy malo. La llegada de la inmunoterapia cambió esa historia. El primer gran medicamento de este tipo para melanoma avanzado se aprobó en 2011 a nivel internacional, y luego llegaron otros tratamientos que mejoraron aún más los resultados. Hoy, algunos pacientes con melanoma avanzado pueden vivir muchos años con la enfermedad controlada, algo que antes era mucho menos frecuente.
Algo parecido ocurrió en el cáncer de pulmón. La inmunoterapia empezó a usarse en este tipo de cáncer hace alrededor de una década y luego pasó a ser parte del tratamiento estándar en muchos pacientes. En algunos grupos, especialmente cuando el tumor tiene ciertas características como alta expresión de PD-L1, la inmunoterapia ha logrado mejores resultados que la quimioterapia sola y ha aumentado la cantidad de pacientes vivos a largo plazo.
¿Por qué esto importa? Porque antes de que estos tratamientos fueran parte de la práctica habitual, muchos pacientes accedieron a ellos a través de estudios clínicos. Es decir, los estudios clínicos fueron el camino que permitió demostrar que estos medicamentos funcionaban, medir sus riesgos y, finalmente, hacer que llegaran a más personas.
Un estudio clínico permite evaluar tratamientos nuevos bajo protocolos estrictos, con seguimiento médico cercano y criterios definidos de seguridad. Para algunos pacientes, participar en un estudio puede ser una forma de acceder a una inmunoterapia, una terapia dirigida o una combinación de tratamientos que todavía no está disponible de manera general.
Eso no significa que todos los pacientes deban participar en un estudio clínico, ni que cualquier estudio sea adecuado para cualquier persona. La decisión debe tomarse caso a caso, con información clara y junto al equipo médico tratante. Si quieres entender qué significan estos tratamientos para el cáncer avanzado, puedes leer nuestro artículo sobre el cáncer en etapa 4 y si puede ser curado.
En Nabu Health trabajamos para conectar a pacientes en Chile con estudios clínicos serios y confiables. Si tú o un ser querido enfrenta un diagnóstico de cáncer, te invitamos a conversar estas alternativas con tu equipo médico.
La inmunoterapia cambió la forma en que entendemos el tratamiento del cáncer. Pero lo más importante sigue siendo lo mismo: conocer bien las opciones, saber en qué casos pueden servir y tomar decisiones acompañado por un equipo médico confiable.
Este artículo tiene fines educativos y no reemplaza una consulta médica. Si tienes dudas, consulta con tu doctor.
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